jueves, 13 de junio de 2013

los otros.25. nueva narrativa extraña

Nueva narrativa extraña española: un mapa. Javier Calvo

1. Los “nuevos extraños españoles” subvierten con sus obras la distinción entre género y no género pero también las barreras entre los géneros de fantasía, terror y ciencia ficción. Están perfectamente familiarizados con los géneros y usan sus recursos, pero las convenciones de los géneros a menudo se les quedan pequeñas. La presencia de la ciencia ficción, sin embargo, parece ser una constante.


2. Ninguno de ellos siente la necesidad de justificar los elementos de ciencia ficción de sus libros, ni de dignificarlos con una pátina de “seriedad”, intención metafórica o alta cultura. Para ellos no es nada que haga falta justificar. Muchos de ellos vienen del fándom y publicaron ahí sus primeras obras. Entre sus principales influencias y pasiones tienen el pulp.


3. Los “nuevos extraños españoles” tienen una gran influencia del cómic, y eso hace que a menudo sus obras estén ilustradas. Curiosamente, este rasgo hace que muchos de sus libros resulten bastante incompatibles con el libro digital.


4. Los “nuevos extraños españoles” son autores en mayor o menor medida experimentales. Sus obras no son para nada tradicionales y a menudo resultan chocantes. Su experimentación, sin embargo, está completamente alejada de la teoría literaria, de los estudios posmodernos y del mundo académico, por oposición a la de la llamada generación afterpop.


5. Los “nuevos extraños” no tienen rasgos de generación (y están muy lejos del grueso de su generación), pero se puede decir que casi todos han nacido después de 1975.



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domingo, 9 de junio de 2013

pruebas de lo equivocados que estamos siempre.24

Artefactos, o los siete ojos del comisario Glennkill
Miguel Guerrero

No sabemos cuándo ni quién ha colocado aquí este armatoste, o aquel otro, o cómo han surgido. En poco tiempo han ido apareciendo cientos de ellos. No es fácil, a veces, encontrar la diferencia entre unos y otros, aunque también los hay totalmente distintos; los hay que simulan lo que no son: en cuanto los miras detenidamente aparece su otra faceta, incluso hay algunos que cambian completamente su fisonomía, por ejemplo, si el armatoste allí plantado es una figura humana realista, al cabo de unos días puede haberse convertido en una abstracción que apenas recuerda a la figura primera, la sola observación de esa metamorfosis es hipnótica; los hay que simulan ser lo que son; los hay grandes y pequeños, antiguos y modernos. A poco que te fijes en ellos, todos tienen un alto componente simbólico, por supuesto, lo simbólico es algo que nosotros le conferimos al artefacto, es una construcción cultural, porque, salvo excepciones, no todos tienen el mismo sentido para cada uno de nosotros; cada uno representa algo, unos pocos, escasos, juegan a no representar nada. La verdad es que durante un tiempo, cada cual a su manera, le hemos encontrado una utilidad a esos artefactos y casi todos cumplen los cometidos que parecen tener asignados, no exentos de discusión. En los últimos años la proliferación de artefactos ha llegado a tal punto que ahora se hace imposible andar cómodamente por las calles, los niños no pueden jugar en los parques, los transportes encuentran serias dificultades para realizar su cometido, etc. Pensamos que todo esto no puede haberse producido sin al menos la connivencia y el apoyo, más o menos velado, de las autoridades, esperamos también, inocentemente, que regulen el asunto. La postura oficial ante aquellos pocos que protestan es que no es una cuestión de competencias locales sino que corresponde a un organismo superior la regulación de dichos artefactos. Así sucesivamente. El caso es que, la forma más sencilla de vida se nos hace cada vez más difícil de llevar a los ciudadanos, y somos nosotros, por nuestra cuenta y riesgo quienes tenemos que despejar este entorno lleno de obstáculos que impiden el libre movimiento.

Hace unos pocos días nos acercamos a esos artefactos y los miramos con detenimiento, por fin, con miedo al principio pues sin saber por qué imponen, y empezamos a manosearlos, como los monos aquellos en la película de Kubrick.
El profesor Karmel y yo hemos acabado teniendo especial fijación en un artefacto colocado en un parque cercano a nuestras casas, llegar hasta él no presenta dificultad, en esa zona aún queda bastante espacio abierto, por ahora, porque cada día, uno aquí otro más allá, emerge un nuevo artefacto. Una teoría de Karmel dice que en realidad ya cada palmo del planeta está lleno de artefactos, los espacios que nosotros vemos libres están ocupados, según Karmel, por artefactos invisibles, imposibles de detectar por el ojo humano pero que operan y nos influyen de igual manera que los otros, los visibles. Igualmente, no todos esos artefactos visibles pueden ser vistos por todo el mundo. Por ejemplo, el profesor Karmel y yo coincidimos en ver casi siempre los mismos artefactos, pero esos artefactos que para nosotros se presentan obvios y nítidos, para un tercero aparece difuso, para un cuarto el artefacto no existe. Por lo tanto una catalogación general podría quedar así: visibles, difusos, invisibles. Una taxonomía exigente nos puede llevar primero a grupos muy reducidos de artefactos con características comunes o, más aún, a una lista infinita de tipos de artefactos. Una aportación importante: la invención hace unos años de la holobanda, unas gafas especiales que permiten al usuario detectar los artefactos virtuales. Estos artefactos están incluidos en la categoría de invisibles y no hay otra manera de detectarlos que con esas gafas.
Hasta ahora las formas de operar contra los artefactos se reducen a dos: derribarlos, directamente, hacerlos caer al suelo y destrozarlos, por el método que cada uno crea conveniente, una bomba de fabricación casera es lo más recomendable, una vez en ese estado, en el noventa por ciento de los casos, las autoridades se limitan a recoger los trozos y a perseguir al infractor, si ven posibilidades las restauran; la otra forma es dejar el armatoste hueco, vaciado de contenido. Nadie en su sano juicio tiene en cuenta este método. ¿Para qué sirve, si físicamente no desaparece? Sólo unos pocos creen que la verdadera influencia es generada por el contenido de esos monolitos, artefactos, armatostes, figuras, etc., unos pocos de los que realmente nadie sabe nada. ¡Ojo! No es pequeño el número de ciudadanos que viven en la creencia de que estos artefactos no ejercen influencia alguna sobre los comportamientos humanos, los ven como simples ejercicios de estética, nada más. A éstos ninguna explicación razonable de lo dañinos que pueden llegar a ser esos artefactos les satisface.
Yo nunca he visto a nadie vaciar uno, el profesor Karmel me dice que tampoco, pero asegura que algunos hay que llevan a la práctica este método. ¿Qué ocurre al vaciar uno de esos armatostes?, le pregunto. La teoría dice que el vaciado de los artefactos se consigue con un sencillo corte en la base. De algunos sólo sale aire denso, forma una nube y pronto desaparece; de otros sale un caudal de sangre espesa, oscura casi negra, lentamente, como lava, tan pestilente y nociva, en algunos casos,  que allí donde cae y por donde pasa deja la zona estéril para siempre; se dice también que puede soltar como un vómito; o un gas letal; me dijo Karmel. El artefacto vaciado queda allí físicamente, sí, continuó el profesor, pero poco a poco, muy lentamente en el tiempo, se va marchitando, se enfurruña sobre sí mismo y acaba desapareciendo, con el tiempo. Lo mejor es derribarlo, sentenció Karmel, en un día ya no hay armatoste.

Para el momento de entrar en acción el profesor Karmel ya estaba tan deteriorado físicamente que el peso destructivo recayó sobre mí. Es justo decir, sin embargo, que todo el asunto teórico, todo el fundamento racional que justificaba la acción, años de entrega al asunto, había sido brillantemente establecido por él.
Nuestra mayor preocupación entonces es cómo esquivar la vigilancia del comisario Glennkill, el hombre de más de siete ojos, su número depende del grado de compromiso y atención que dedica a cada caso. Si al comisario le aparecen los siete ojos alrededor del cráneo rasurado, habría que convenir que el éxito de la empresa es muy limitado. El comisario Glennkill tiene especial interés en proteger los artefactos visibles, los considera personalmente un bien para la comunidad, amén de ser parte de su trabajo. Las autoridades creen, erróneamente, que hay un rango en los artefactos, dándole la mayor importancia a los visibles, por lo tanto para ellos va destinado el mayor porcentaje de protección y medios; los invisibles no existen oficialmente. Karmel y yo elegimos para su derribo un artefacto bien visible. No sólo eso, está justo, como decía, en un parque, a unos metros de unos columpios y unos toboganes infantiles, y junto a estos la parte trasera de la comisaría. Ya discutí con Karmel si no podríamos haber elegido otro armatoste para derribar, la ciudad y sus alrededores están llenos de ellos, pero el profesor ha sido inflexible en esto. Le estoy muy agradecido al profesor Karmel por todo lo que me ha enseñado, él me ha hecho ver cómo es realmente el mundo, cómo funciona la existencia, es así, pero a la vez no puedo dejar de reprocharle que se haya instalado, de manera categórica, en su papel de teórico.
Pero, en fin, ya estaba decidido que el armatoste a derribar era ese, así que como primer paso he acudido esta mañana al parque para observar el monolito y las circunstancias que se dan a su alrededor. Y, efectivamente, algo parecido me temía, el comisario Glennkill debió olerse algo porque a los cinco minutos de haberme sentado en un banco cercano a la estatua, salió por la puerta trasera de la comisaría y echó un vistazo a su alrededor, encendió un cigarrillo, y dio unos pasos hacia delante, entonces comprobé que además de sus dos ojos frontales, se le habían activado otros dos a cada lado de estos. Sólo con esa remota sospecha se le habían activado algunas alarmas. Ya pueden imaginarse la dificultad que entraña derribar este armatoste en concreto, puede calificarse de locura la sola idea. El comisario mira ese artefacto cada mañana mientras se fuma cada uno de sus pitillos, y por la tarde igual. Pero el resultado final es que he derribado la estatua. En los pasos previos e inmediatos al derribo he tenido la ocasión de ver los siete ojos del comisario Glennkill abiertos y desorbitados alrededor de su cráneo, mientras su cuerpo permanecía hierático a pocos pasos de la puerta trasera de la comisaría, olisqueando la criminalidad. Sólo con eso ya me doy casi por satisfecho. Eran pocas las ocasiones en que podían vérsele al comisario los siete ojos activados. El culmen de mi satisfacción llegó en la mañana del día D y en la hora H, apenas faltaban unos minutos para hacer estallar el armatoste cuando salió por la puerta trasera el comisario, ya con sus siete ojos activados, y un grupo de ayudantes armados se dispersaron por los alrededores de la estatua, conminándonos a los que estábamos sentados en los bancos y a unos pocos niños y madres que jugaban en los columpios a desalojar aquel recinto. Todos nos situamos a la distancia preventiva que habían estimado los ayudantes y entonces pudimos ver, cuando apenas faltaban unos segundos para la explosión, como al comisario Glennkill se le ponía la cabeza pelada roja, circundada de sus siete ojos irritados, y le nacían además varios ojos dispersos en la coronilla, alguno más en el cogote, un par de ellos en las mejillas y uno grande y claro en el cuello, perdí la cuenta porque el comisario se movía en todas direcciones dando órdenes a sus ayudantes, tratando de evitar lo que era inevitable. Hasta que, 3, 2, 1, el artefacto saltó por los aires y la metralla mezclada con un líquido espeso, purulento, de un rojo amarronado hirió a dos ayudantes y al propio Glennkill que cayó al suelo sin conocimiento, la cabeza flexionada hacia un lado, con sus dos ojos cerrados, como si estuviera durmiendo.
Comprenderán que nada diga del método utilizado para derribar el armatoste, cómo ha sido conseguido nuestro objetivo con tanta facilidad ante el temible comisario Glennkill, pero es que aún tenemos mucha tarea por delante y este escrito no puede servir de delación a sus autores, el profesor Karmel y yo. Por supuesto todos los nombres empleados aquí son falsos.

A día de hoy ya hemos derribado, sin escrúpulos, un montón de ellos: hemos visto que tantos armatostes no eran necesarios. Hemos despejado algo el campo, queda mucho por hacer, no olviden que cada día aparecen nuevos armatostes, uno aquí otro allá. En algunas zonas quedan ya pocos en pie, y esos pocos han sido vaciados, y como mucho pueden ser artefactos decorativos que en pocos años desaparecerán. Y ahora, sin esos obstáculos, en ciertos lugares, podemos vislumbrar algo del horizonte que nos estaba negado.
¿Que qué se ve? La bruma.


miércoles, 5 de junio de 2013

la hormiga canta.15. john cale
















antarctica starts here. (paris 1919)
john cale

jot down
música para una nueva sociedad, john cale



domingo, 26 de mayo de 2013

miércoles, 15 de mayo de 2013

gibraltar.17



















(del libro escarabajo hitler de ned beauman. 
ed. funambulista. pág. 335)




lunes, 13 de mayo de 2013

pruebas de lo equivocados que estamos siempre.23


Nuevas experiencias de Billy Pilgrim en Tralfamadore
Miguel Guerrero

Los viajes en el tiempo de Billy son siempre hacia atrás y hacia delante, qué otra cosa puede hacer. Ejemplo: pasa de una situación acaecida en 1958 a otra en 1969; estando en 1969 puede pasar a 1945 y así sucesivamente, y siempre sin salirse del periodo que corresponde entre su nacimiento y su muerte. Y los lugares por los que transita son los propios que ha habitado su vida, en una especie de determinación existencial que le fue revelada por los tralfamadorianos. Los dirigentes del planeta Tralfamadore abdujeron a Billy y le impusieron, casi sin resistencia por su parte, esta conducta espacio temporal.
            Como a partir de Deleuze el comportamiento de la existencia ha dejado de ser lineal y jerárquica para convertirse en rizomática, yo propongo que Billy Pilgrim se atreva a salir de su rutinario y repetitivo itinerario, concebido de manera convencional y cristiana, esto es que la existencia tiene un recorrido lineal, que la historia sucede en una dialéctica de acontecimientos encadenados, le propongo, digo, desplazarse rizomáticamente en todas direcciones, tanto en el espacio como en el tiempo, con sus infinitas posibilidades poliédricas, su multiplexación, desobedeciendo así cualquier limitación.
            Le he pedido a Billy que me visite inmediatamente y a ser posible que me lleve con él a Tralfamadore, y que una vez allí le explicaríamos a los tralfamadorianos la idea de rizoma y así ampliar la forma de viajar en el tiempo, superar esa etapa primera tan reducida de prestaciones, ya tan obsoleta.
            Pasaron muchos días desde que dirigí esta petición a Billy Pilgrim, fue una noche estrellada en la que salí al balcón de mi casa y le grité mi idea, cualquiera de esas estrellas podría ser Tralfamadore, incluso ninguna, así que hice un recorrido visual por el firmamento mientras lo llamaba. Pero claro, Billy no podía visitarme en el momento en el que yo le hacía la petición, 2011, él murió en 1969 y su régimen de movimiento lineal no le permitía salir de su periodo vivido. ¿Qué hacer? No había manera de contactar con él. Di la cuestión por perdida. Hasta que hace unos días recordé un episodio de mi infancia, de esos pocos que periódicamente me es grato recordar. En esa época, 1967, vivía con mis abuelos en una casa en el campo, cercana al borde de una carretera secundaria. Rara vez hubo una relación directa entre nosotros, los habitantes de la casa, y los usuarios de aquella carretera. Los coches pasaban de largo mientras yo los miraba, sentado en un montículo cercano, así me pasaba horas. En una ocasión, una furgoneta blanca apareció a lo lejos y al poco de acercarse a la altura de donde me encontraba, el vehículo perdió su firme estabilidad rectilínea, se escoró frenando forzadamente hasta quedar parado, el morro hundido en la maleza de la cuneta. Era un vehículo de reparto de dulces y bollería, así lo decían las ilustraciones y su logotipo. Una de las ruedas había reventado, sonoramente. El hombre salió y miró hacia la rueda, evaluando los desperfectos. Yo me acerqué y ayudé al hombre a cambiarla. Terminada la operación vimos que teníamos las manos ennegrecidas, algo de grasa y tizne mezclados. Lo invité a que se acercara a la casa para lavarse las manos, y eso hizo. Mis abuelos le ofrecieron un refresco, que él aceptó. Más tarde acudió a su furgoneta y volvió con una caja de cartón llena de cortadillos rellenos de cabello de ángel, que nos regaló. Al entrar la primera vez en nuestra casa se había quitado su chaqueta azul de trabajo y la había dejado sobre el respaldo de un sillón. Cuando ya se hubo marchado vi que en el sillón había un libro, debía haberse caído del bolsillo de la chaqueta que allí dejó. Se trataba de Uno y el universo, de Sábato. Hasta muchos años después no lo leí. Yo seguí durante un tiempo con mi costumbre de ver pasar los coches por aquel tramo de carretera. Guardé el libro, por si alguna vez volvía a pasar por allí y paraba para visitarnos, y entonces devolvérselo. Pero eso no ocurrió.
            Al recordar esta última vez ese lejano episodio se me metió en la cabeza la idea de que ese señor, del que no sabía su nombre, era Billy Pilgrim, que había atendido a mi llamada, que me había visitado de forma retroactiva, de la única manera que a él le era posible, en el año 1967, dos antes de su muerte; y en cuanto al lugar, era obvio que Billy Pilgrim no había vivido nunca por esta zona ni la había visitado, pero a esto daba yo dos explicaciones: Quizá la restricción de movimientos no afecta sólo a los lugares en que él vivió, sino a todos los lugares existentes durante su vida, especulé con poca convicción. O bien Billy había transgredido esa condición que le impusieran los tralfamadorianos, un gesto de rebeldía por su parte, o una consideración hacia mí. Y no estaba yo equivocado. Y diré por qué.
            Convencido de que aquel hombre era Billy Pilgrim, de que mi primera llamada había dado resultado, lo invoqué nuevamente. Me desplacé hasta la vieja casa de mis abuelos, convertida en una oficina para la gestión de inmuebles de las urbanizaciones de la zona, ahora turística, la carretera secundaria pasó a ser autovía, pero el montículo en el que yo me sentaba no había sufrido variación. Hice la llamada pertinente, igual que la vez anterior. ¿Qué iba a ocurrir? Apenas tuve tiempo para hacerme la pregunta. Billy Pilgrim llegó hasta mí, quizás había salido de la casa, el caso es que al oír pisadas volví la cabeza y el hombre ya estaba a dos metros frente a mí. Al verlo allí, creo que con la misma chaqueta azul, caí en mi torpeza de no haber traído el libro para devolvérselo.
            –Señor Pilgrim –le dije con excesiva respetuosidad, ya que a estas alturas debíamos andar por la misma edad– conozco muy bien su caso sé de la naturaleza de sus viajes en el tiempo. –A la vez que le decía esto pensaba que ya Billy había traicionado su acuerdo tralfamadoriano de sólo desplazarse en el interior de su época vivida, eso demostraba su presencia aquí y ahora–. Quisiera pedirle, por favor, que me lleve con usted a Tralfamadore, podemos explicarles a los gestores del tiempo de ese planeta que hay una idea nueva sobre la constitución de la existencia, se trata de lo rizomático, que usted debe conocer también, ese concepto, aplicado a los viajes en el tiempo y en el espacio, puede hacer que los recorridos de los usuarios sean infinitos…
–No, todo está bien –me interrumpió Billy–. Todo está bien, y todo el mundo tiene que hacer exactamente lo que hace. Aprendí eso, precisamente, en Tralfamadore. No tengo casi ninguna posibilidad de llevarlo conmigo a ese planeta, no está en mi mano, no es así como suceden las cosas. Esté atento, quizá los tralfamadorianos se pongan en contacto con usted, no puedo decirle otra cosa –dio medio paso, como para marcharse–. Es todo lo que puedo hacer.
            –Podríamos hablar de tantas cosas –le dije, un poco ansioso por retenerle–, son tantas las cuestiones… –pero sólo me dio ocasión para una pregunta–. Sr. Billy, ¿cuándo me tocará a mí ir a Tralfamadore?, ¿cuándo?
            –Visita el capítulo llamado Determinismo de Uno y el universo de Sábato, –me dijo.
            Y dicho esto, en un tono seco, algo antipático,  Billy Pilgrim se desmaterializó ante mí.


Acudí al sitio que me recomendó Billy y allí Sábato decía esto:

DETERMINISMO
La vertiginosa idea de que todo está inexorable­mente vinculado y que una nariz diferente de Cleopatra habría producido una vida diferente del señor J. M. Smith, empleado del Banco de Boston, pro­duce en muchas personas una especie de desmorali­zación. “Si eso es cierto –dicen-, no vale la pena esforzarse en nada.” No dándose cuenta de que si eso es cierto no hay tal efecto desmoralizador: esa apa­rente desmoralización estaba decidida de antemano por las infinitas causas que la precedieron.
Una candidez parecida es provocada a veces por la idea de un eterno retorno: hay personas que creen poder echarse al abandono porque se han conven­cido de que esta vida y este universo han sucedido exactamente otras veces y han de suceder infinitas veces más. Pero, si realmente hay eterno retorno y reproducción idéntica de los ciclos, es claro que ese echarse al abandono no puede ser una novedad: se ha producido en cada ciclo y se ha de producir por toda la eternidad.
Entonces, qué dice esta gente, desalentada -aun­que ya con temor de que ese desaliento no sea volun­tario ni nuevo. Pero si es muy simple: basta rechazar el determinismo absoluto y el eterno retorno.


Y eso tuvo que hacer Billy para poder visitarme, le hizo caso y rechazó ese determinismo, ese contrato tralfamadoriano, encontró un desvío no recomendable en su ruta eterna e inexorable.
Sí, así es, ese libro es una puerta por la que escapar…, pero ese escapar ¿no estaba ya previsto?


Nota:
Como ya saben, Tralfamadore es un planeta ficticio, como también Billy Pilgrim sólo tiene vida, una vida determinada y conclusa, dentro de las páginas del libro de Kurt Vonnegut Matadero Cinco. De alguna manera este relato es un punto en el exterior de ese libro, desde el que podría iniciarse una tela de araña tridimensional y rizomática por la que, efectivamente, Billy pudiera desplazarse, aventurarse, en todas direcciones, tantas como puntos exteriores se formen.



martes, 23 de abril de 2013

pruebas de lo equivocados que estamos siempre.22

El río Mallory
Miguel Guerrero


Escribo desde las fuentes del río Mallory, o lo que creo que son las fuentes. Ya saben, el comienzo de algo nunca es realmente el comienzo. El Dr. Mallory hablaba de dos inicios, fuentes o nacimientos del río, que él supiera. A un kilómetro escaso de estas cataratas en las que me encuentro debe estar el manantial o fuente mayor. Una poza medio oculta brota de entre las rocas y desde allí el hilo de agua es continuo. Algo más arriba de esta debe haber otra pequeña fuente, de ella también dejó constancia el doctor: un chorro de agua prístina, casi invisible que desaparece en la tierra y las rocas a unos diez metros más allá de su nacimiento. Mallory se preguntaba qué habría manantial arriba. Nunca pasó de allí.
            La expedición salió hace unos años, ya no sé cuántos, de Port-la-Nouvelle, a unos trescientos kilómetros río abajo. Allí nos aconsejaron que desistiéramos de nuestra empresa, algunos lunáticos del pueblo decían que el Mallory era un río imaginario, que sólo existía en nuestra imaginación. Por supuesto, no hicimos caso y compramos una vieja barca a la que le pusimos el nombre de Salammbó. El grupo inicial estaba formado por siete miembros, ahora les reprocho que se hubieran apuntado sin saber a qué grado de miseria y locura se está expuesto en un viaje como este, pero claro, que se les puede pedir a esas mentalidades acomodadas, burguesas, y no se puede decir que no estuvieran avisados. Es cierto que yo les obligué de alguna manera a hacer el viaje, pero que ellos aceptaran, se dejaran engatusar por mí, demuestra a qué calaña pertenecen los personajes. Sólo uno de ellos, Travis, sabía el motivo del viaje, a los demás hubiera sido inútil explicarles nada, nunca lo hubieran entendido, o eso creí. De forma tácita, en muchas charlas anteriores, él y yo acabamos llegando a la idea de que podíamos homenajear al Dr. Mallory, realizando el mismo trayecto que hizo a las fuentes del río que él creó y que lleva su nombre.
            El primero en no creer en el proyecto fue Xero. Aún estábamos en los remansos del río, la parte más fácilmente navegable, así que le encargamos la tarea de remar, sabedores de sus debilidades le dejamos que trabajara algo en esta zona  más tranquila. “Cuando empiece lo bueno se va a cagar”, me dijo Coma, señalando a Xero con la barbilla. La barca iba dando tumbos, se frenaba, se quedaba a veces como embarrancada, y la mitad de los expedicionarios a punto de echar la pota. Sin pensármelo dos veces le dije:
            –Tu forma de remar es despreciable, llevas la barca dando tumbos, cómo te atreviste a pedir que te incluyéramos en la expedición, necesitas un curso intensivo para manejar bien esos remos, inútil. –Lo empujé y cayó al río–. Vuelve cuando hayas aprendido a remar, maldito. –Xero quedó allí, más de medio cuerpo en el agua, estupefacto, no podía creerse mi comportamiento hacia él.
            Se levantó y empezó a hacer unos gestos extraños. Hacía como si se sacudiera el polvo de sus ropas. Tardé un poco en darme cuenta. Sin duda estaba sufriendo una alucinación, se había creído lo que nos dijeron en el pueblo sobre el río. Una de las debilidades de Xero era su carácter fácilmente aprensible y había caído presa de las supersticiones de los habitantes de la zona.
            –¡Estáis locos, no veis que no hay río! –Nadie le hizo caso.
            Cogí el remo para darle con él en la cabeza. Fallé por poco. Impactó en el río y le salpicó agua en la cara. Xero se secó con la manga, y se alejó.
–¡Así te pudras antes de regresar al pueblo! –Le grité, pensando que en el fondo le hacía un favor.
            Por suerte para él el pueblo estaba sólo a unos diez kilómetros, supusimos que llegaría sin dificultad, pero conociendo su facilidad para la torpeza es posible que se lo comiera un cocodrilo.
            El resto fue cayendo en situaciones similares, ninguno estaba preparado para afrontar las dificultades que el río presentaba. Kline creyó desde el principio que se trataba de un viaje de placer. “Yo he venido a divertirme, sólo hago esto por diversión”, dijo cuando las adversidades empezaron, aún tímidamente. Y el río lo puso en su sitio, y tuvo que abandonar. Acercamos la barca a la orilla, aún faltaban unos metros para llegar a ella cuando Kline saltó al agua, mojándose las botas y los pantalones hasta las rodillas. “¡Ahí os quedáis listillos, que os den por el culo en cuanto lleguéis a donde mierda tengáis que llegar!” En realidad estaba cabreado consigo mismo, en su fuero interno reconocía que el viaje le venía grande, y su forma de defensa era el ataque. Se había dejado la mochila en la barca, la cogí y se la lancé, con la mala leche suficiente como para que no pudiera atraparla, y cayera al agua. Me sujetaron los demás, sobre todo me paró la fuerza de Trabert, porque vieron mi intención de saltar de la barca e ir a partirle la cara a Kline.
Coma era tan enfermizamente tiquismiquis que ponía pegas a todo, incluso cuando le parecía que era conveniente a sus intereses inventaba pegas, algunas rayanas en lo absurdo. Se sintió incómodo desde el principio pero trataba de disimularlo; todos sabíamos que su naturaleza no era la apropiada para tal viaje, su miedo a la vida camuflado de prudencia no le permitía aventurarse más allá de lo convencional, haber salido de su casa hasta llegar a Port-la-Nouvelle ya era suficiente, todo lo demás le sobraba. Nunca llegó a entender el proyecto y aprovechó un descanso de unos pocos días que hicimos al encontrar cercana al río una modesta mansión para desaparecer con otra de sus escusas, ésta bien elaborada. Llegó una noche diciendo que nos habíamos perdido, que había estado buscando el río y que no lo encontró, sólo algo parecido a un cauce seco allá abajo, la barca ya no estaba, mintió, y al día siguiente desapareció. A la hora de partir aún estaba desaparecido, y nos fuimos sin él. Todos salimos ganando.
A Talbot tuve que matarlo. Llegamos a un tramo confuso del río. Varios brazos de agua se bifurcaban creando islas, algunos de esos brazos eran sospechosos de formar, a poco que nos adentráramos en ellos, bajíos por los que nos sería imposible navegar. Talbot argumentaba que lo más conveniente era avanzar por uno de esos canales y, si llegaba el caso, transportar la embarcación a hombros si era necesario, esto decía Talbot, precisamente el menos afortunado físicamente del grupo, decía que esos canales era el camino más corto para llegar a las fuentes, que en estas situaciones había que ser radical. Había perdido la chaveta, cambiaba de estado de ánimo sin razón aparente, sin transición alguna. Durante todo el recorrido nunca había mirado hacia delante, siempre hablando obsesivamente de lo que ya había quedado atrás, estaba y no estaba con nosotros. La sola idea de transportar entre los cuatro la embarcación era demencial, propia de un Fitzcarraldo de pacotilla, eso le dije. Tenía medio convencidos a los otros dos, así que lo cosí a puñaladas mientras estos dormían, arrojé el cuerpo al agua y la corriente lo llevó río abajo hasta que desapareció en la oscuridad. Encendí un cigarrillo, un pájaro noon rayaba con su canto, como de sierra mecánica lejana o chasquido de dientes metálicos, el telón siniestro de la noche.
Cruzamos los tres con éxito esa zona enmarañada del río, por el brazo más caudaloso que les había indicado y aconsejado al principio. Talbot tenía razón, ese camino era el más largo, yo lo sabía, se hizo pesado y fue donde Travis dio las primeras muestras de cansancio, la primera desidia. El proyecto de alcanzar las fuentes del Mallory ya no le interesaba. Me hizo dudar, pero seguí mostrándome firme, decidido a completar el viaje.
El río fue estrechándose, su lecho pedregoso, su caudal descendió tanto que tuvimos que abandonar la barca. Tendríamos que hacer el último tramo a pie. A Trabert le llegó su hora, su obesidad y sus pies planos impusieron la necesidad. “Yo me quedo aquí. Cuidaré de Salammbó. A la vuelta me recogéis”, nos dijo. Había algo de tristeza en su rostro, le habría gustado llegar hasta las fuentes del Mallory, estaba tan cerca. Durante todo el trayecto había sido el más comprensivo, había intentado moderar, y nos aconsejaba moderación en todas las situaciones difíciles; en alguna ocasión su método funcionó. Travis y yo lo miramos sabiendo que no sobreviviría, él nos devolvió una mirada cómplice. “Cuidaré de la barca”, nos dijo.


 Travis ahora yace en la orilla del río, cerca de las cataratas, descansando, negándose a llegar hasta mí. Es fuerte, como ninguno de nosotros, el más lúcido.
–¡Tenemos que remontar las fuentes, ir más allá! –le grito.
–¡Aquí me quedo! –me contesta–. ¡No necesito saber nada más sobre el Mallory, que te den!– y me hace lo que se llama una peineta.
–¡Qué cabrón! ¡Te necesito para llegar más allá de las rocas, alguien tiene que sujetarme las cuerdas, luego ya puedes quedarte haciendo el vago por aquí!
Me dice con el dedo que nanai, y se desentiende de mí.
El terreno que me queda para llegar hasta lo que creo el nacimiento del río son apenas doscientos metros de rocas escarpadas, casi vertical el primer tramo, en el que el agua cae en pequeñas cataratas imposibles de salvar sin la ayuda de alguien. Me aparto de la cascada junto a la que estoy, es necesario pensar en un plan b, o abandonar.
Presumiblemente, más allá de los manantiales el agua se filtrará entre las rocas subterráneas, y así, siempre hacia delante, engendrando un eterno retorno, pienso, hasta llegar a la nube que deposita el agua en ese lugar impreciso que genera lo que podríamos convenir el nacimiento del río. Pero eso ahora no importa, me digo. Vislumbro una posibilidad de llegar arriba dando un rodeo. Trepo por unas rocas laterales y me sitúo a una altura suficiente como para otear más allá de las cataratas. Y no veo nada. Aún con los ojos abiertos aparece ante mí una oscuridad profunda salpicada de motas entópticas que se desplazan en ese universo negro a una velocidad nerviosa, zigzagueante. Cuando recupero la visión sólo veo el desierto allá abajo, la montaña pelada arriba. El cauce del río seco. Travis me hace señas para que baje. “¡Es hora de volver!”, me grita. “¡No tiene sentido seguir aquí. Recojamos a Trabert y la barca. Navegaremos río abajo, de vuelta!”, me grita haciendo bocina con las manos, como si aún persistiera el ruido abrumador de las cataratas, como si no viera el vacío y el silencio inmenso que yo veo. O como si no quisiera.
“¡Vamos, baja!”, me dice Travis.